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miércoles, diciembre 8, 2021
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    Jesús Artal: «Tan vulnerables y a la vez tan fuertes» | Líderes Cantabria

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    Ponencia completa del Jefe de Psiquiatría de Valdecilla en la sesión ‘¿Cómo estamos de ánimo?’

    En los próximos minutos, y antes de que trabajemos en grupo, os propongo reflexionar juntos sobre dos aspectos aparentemente contrapuestos de todos y cada uno de nosotros que se han hecho muy palpables durante esta pandemia. Los seres humanos somos muy vulnerables, pero a la vez somos tan fuertes que, como individuos y como sociedad podemos superar muchas situaciones difíciles; aunque a veces parezca imposible; aunque casi siempre conlleve sufrimiento físico y, sobre todo, psicológico. Porque somos vulnerables, pero también somos fuertes.

    Nos han pasado muchas cosas, y en estos casi dos años todas a la vez. Muchas personas han muerto, algunas muy cercanas; nosotros o personas queridas hemos enfermado; nos han limitado la libertad de movimientos y hemos tenido que cambiar nuestras costumbres, nuestro modo de vivir; y cuando parece que las cosas están mejorando, de nuevo nos invade la incertidumbre y el miedo, por nuestra salud y la de nuestra familia, por nuestro trabajo, por nuestro bienestar y por nuestra economía.

    ¿Qué nos ha pasado y qué nos está pasando? ¿Qué hemos aprendido? ¿Qué estamos haciendo? y, sobre todo, ¿Qué podemos y qué vamos a hacer?

    Si esta reflexión la hubiéramos tenido hace un par de años, yo habría dicho que, sobre todo en los países más desarrollados, las enfermedades infecciosas están en claro retroceso, y que el gran reto sanitario de nuestro tiempo es la atención a las patologías crónicas y a los problemas de salud mental. Todo ello en un mundo que se creía perfecto o casi perfecto. La pandemia que estamos viviendo lo ha cambiado todo, acabando con esa falsa sensación de seguridad. Ahora el reto pasa a ser doble: controlar los riesgos epidémicos actuales y futuros, y cuidar al mismo tiempo a las personas con patologías crónicas y mentales, ya que se prevé una ola mundial de estos trastornos.

    Además de las consecuencias directas de la pandemia en términos de personas infectadas y fallecidos por COVID-19, la sobrecarga generada en todo el sistema sanitario y sociosanitario está repercutiendo en la atención a las patologías no Covid. Del mismo modo, de forma no tan inmediata, y probablemente lo iremos constatando a corto y medio plazo, la huella sobre la salud mental será profunda.

    A los trastornos mentales causados directamente por la infección, aún no bien conocidos, se suman los problemas de salud mental reactivos a una crisis sanitaria y social de grandes dimensiones, y al agotamiento en todos los sectores de la población, y de forma muy especial de los profesionales sanitarios.

    Pero ¿ha llegado ya este tsunami, esta gran ola de afectación a la salud mental? Y si no ha llegado, ¿cuándo va a llegar? Si nos fijamos en los indicadores de frecuentación del servicio de urgencias por causas psiquiátricas, o de las tasas de hospitalización psiquiátrica, o cifras conocidas de intentos de suicidio o de suicidios consumados, en los primeros meses de la pandemia estos indicadores no se habían elevado. Sin embargo, los datos correspondientes al año 2020 en su conjunto arrojan un importante incremento de los suicidios consumados en nuestro país y también en Cantabria.

    También estamos observando ya una ola de incremento de la patología mental infantojuvenil, de la que se está hablando mucho y para la que se están poniendo en marcha planes especiales en nuestro sistema sanitario.

    ¿Vamos a superar esta situación? La humanidad ha pasado por muchas situaciones terribles. Por ejemplo, la peste del siglo XV. En aquel momento no teníamos el apoyo de la ciencia, como tenemos hoy en día para afrontar una crisis sanitaria tan catastrófica.

    Podemos mencionar también la gripe del año 1918. Tampoco entonces contábamos con los avances científicos que tenemos hoy.

    A lo largo de toda la historia de la humanidad hemos asistido a numerosas y terribles guerras. En el siglo XX tuvimos que vivir dos guerras mundiales que resultaron devastadoras.

    El ser humano ha superado hasta ahora todas las catástrofes a las que se ha enfrentado. También seremos capaces de superar esta crisis. La humanidad tiene una gran resistencia frente a las dificultades, una gran capacidad de adaptación, que ahora llamamos resiliencia.

    Además, contamos con el avance espectacular de la ciencia que, en menos de un año, ha puesto a disposición del mundo vacunas altamente eficaces y seguras. Con mayores o menores dificultades, a pesar de los problemas logísticos y políticos, de las eternas brechas de desigualdad entre países, estamos viendo a lo lejos la salida de este largo túnel, avanzando hacia el control de la pandemia, superando la angustia inicial y el agotamiento de toda la sociedad y del sistema sanitario especialmente.

    La respuesta a situaciones de estrés en los seres vivos fue descrita por Hans Selye, médico y fisiólogo austríaco del siglo XX, en el síndrome general de adaptación, con tres fases diferenciadas: fase de alarma, fase de resistencia y fase de agotamiento.

    Esta respuesta también puede ser aplicada a cualquier organización humana como el sistema sanitario o la sociedad considerada en su conjunto. Nos preguntamos, ¿qué ha pasado? ¿cuál ha sido el impacto en los ciudadanos, en las personas con problemas de salud, o en determinados colectivos profesionales?

    En la primera fase, de alarma, se siente el impacto tremendo de la agresión, en este caso del ataque del virus. Es un momento de colapso, que debe ser lo más corto posible, en el que se hace una rápida valoración de daños, con recuento de bajas y una primera reorganización, no bien planeada, de los recursos que nos quedan. Se trata de parar el primer golpe.

    En la segunda fase, de resistencia, se trata de contratacar, pero de una manera mejor planeada y adecuada a las diferentes situaciones. Cada sociedad, cada organización, cada sistema sanitario o social tiene sus peculiaridades.

    El objetivo, teniendo en cuenta la larga duración de esta crisis, es evitar a toda costa llegar a la fase de agotamiento, de la que pueden derivarse consecuencias para la organización y para nuestra propia salud.

    En condiciones normales los acontecimientos vitales son vividos como amenaza o pérdida, y generan una respuesta de tensión emocional y de vigilancia. Esta carga, cuando es manejada de forma constructiva, permite al organismo adaptarse, volviendo a recuperar el equilibrio con el resultado de una mayor capacidad frente al estrés.

    Cuando la situación de estrés y sobrecarga emocional es muy prolongada o extraordinariamente intensa las respuestas fisiológicas se agotan y se hacen anómalas. Esa carga no puede ser manejada con éxito y no se recupera el equilibrio. En los organismos con más vulnerabilidad aparecen los síntomas y los trastornos.

    Como en el gimnasio, si afrontamos una sobrecarga manejable y con intervalos de descanso, ganamos en fuerza y resistencia. Por el contrario, si el sobre esfuerzo es continuo y sin descansos, aunque inicialmente sea manejable, conlleva un estado de agotamiento. Y si la sobrecarga es extraordinaria y totalmente por encima de nuestras posibilidades, no es posible la adaptación.

    Vamos a revisar en primer lugar los estresores generales de la pandemia para toda la población, que se pueden resumir en amenazas, incertidumbre y duelos complicados por la pérdida de seres queridos y de logros y metas en la vida.

    Entre las amenazas a la salud, el contagio propio y de familiares, el pronóstico incierto de la enfermedad, la escasez de medios, pruebas y tratamientos, y el temor a la propia muerte.

    Entre las amenazas a la economía, el desempleo y el cierre de las empresas. También debemos tener en cuenta la amenaza que para la libertad han supuesto las medidas de confinamiento. La incertidumbre generada por las noticias y los mensajes variables, cambiantes y contradictorios ha generado también una fuente importante de estrés.

    El doctor se encontró con buenos amigos durante el evento. | MELA REVUELTA

    En población general, no afectada por el COVID ni por un estado de cuarentena, las cifras de malestar psicológico, sobre todo angustia, llegan al 30%, siendo más grave en un 5% de la población.

    En población sometida a cuarentena se han encontrado cifras de estrés superiores al 70%, depresión cercana al 40% y ansiedad rondando el 30%, con mayor vulnerabilidad en mujeres; pero con menor gravedad de lo esperado.

    Las reacciones individuales ante los desastres son muy variadas y no siempre tienen un significado patológico. Se considera normal presentar algún malestar que se recupera con el apoyo de familiares, amigos y compañeros. Si somos capaces de mantener nuestro funcionamiento personal y social, aunque nos cueste un esfuerzo, no podemos hablar en ese momento de trastorno mental.

    Sí consideramos la existencia de un malestar cuando es desproporcionado y provoca disfunción. Con atención adecuada en ese momento se puede evitar el desarrollo de un trastorno mental que requeriría un tratamiento específico farmacológico o psicoterapéutico. La aparición de ese malestar desproporcionado es la señal para una intervención precoz.

    Las cosas han ido bastante peor para las personas que ya padecían un trastorno, que ya estaban atendidos en los servicios de salud mental antes de la pandemia. Según datos de la Confederación de Salud Mental en España el 6% de las personas con un trastorno mental grave necesitaron ingreso en Unidad de Agudos y el 21 % tuvo que aumentar la medicación.

    Proponen llevar el debate de la salud mental a la Comisión Europea evaluando específicamente el impacto de la pandemia, y aumento urgente de los recursos públicos destinados a la atención a la salud mental en España.

    Otro colectivo del que quiero hablar es el de los sanitarios, que estamos soportando estresores específicos: la sobrecarga de trabajo, turnos más largos, escasez de profesionales, riesgo de contagiarnos y de contagiar a nuestros familiares. La confrontación diaria y directa con el sufrimiento, las altas tasas de mortalidad, acompañando a personas que han sufrido y muerto en soledad, los compañeros que enferman, y la difícil comunicación con los pacientes y sus familiares.

    Los dilemas éticos también han supuesto una gran carga emocional, en la toma de decisiones difíciles al asignar recursos en situaciones límite. Finalmente, el estigma que ha acompañado a los sanitarios por haber estado en contacto directo con la enfermedad.

    El miedo de los profesionales sanitarios al contagio y a la propia muerte no debe sorprendernos, ya que en la primera ola 200 profesionales fallecieron por la infección en nuestro país. Otros muchos se contagiaron en España y en los hospitales y centros de salud de Cantabria, especialmente en el HUMV.

    En estudios con sanitarios se han encontrado tasas elevadas de estrés, ansiedad, insomnio, depresión, uso de sustancias y pensamientos de suicidio, especialmente en médicos en contacto directo con pacientes COVID-19. Las sucesivas olas de la infección también han ido arrollando la salud mental de los profesionales de enfermería. Y aún con todo, los sanitarios seguimos al pie del cañón.

    ¿Qué estamos aprendiendo en esta crisis? Nosotros hemos reforzado nuestro compromiso con la comunicación. Desde el servicio de Psiquiatría de Valdecilla impulsamos el lema “comunicación es vida”, apoyando la idea de que la comunicación es un arma muy poderosa contra la enfermedad: comunicación entre los sanitarios, con los pacientes, con sus familiares, con los más vulnerables, comunicación con toda la sociedad.

    También hemos aprendido el enorme valor del apoyo emocional a nuestros compañeros, y el valor de la coordinación entre todos los servicios del hospital.

    Las organizaciones deben apoyar a sus miembros para ir construyendo la resiliencia en los equipos, con un enfoque más preventivo que curativo, con intervenciones rápidas que la mayoría de las veces resultan sencillas si existe esa voluntad de actuar. También se debe fomentar un liderazgo de los equipos adecuado a los malos tiempos, a las épocas de crisis. Los líderes de cualquier organización deben fomentar la comunicación honesta, la corresponsabilidad, la humanidad y la humildad.

    En estos minutos he mencionado algunos temas que serán debatidos en grupo, para que reflexionemos juntos y propongamos proyectos que surjan “desde abajo”, desde los ciudadanos. ¿Cómo estamos afrontando esta crisis sanitaria y social? ¿Cómo estamos de ánimo?

    El primero de los temas es la pérdida. Hemos perdido seres queridos, proyectos y oportunidades. La pérdida puede llevar a muchas personas a la depresión. ¿Cómo han afectado estas pérdidas a nuestro estado de ánimo?

    ¿A qué o a quién debemos recurrir? ¿Qué respuesta estamos dando y podemos dar como sociedad?

    Otro de los temas, vinculado con el anterior, es la soledad, situación que ya era preocupante antes de la pandemia, pero que en esta crisis ha quedado más patente. Hemos visto a muchas personas vivir, enfermar y morir en soledad ¿Qué nota le ponemos a una sociedad con tantas personas que viven en soledad? ¿Qué se está haciendo y qué se puede hacer?

    La ansiedad es el estado emocional que más acompaña a la incertidumbre que estamos viviendo. Todos nosotros hemos sentido esa incertidumbre, esa ansiedad. Los más vulnerables o los más castigados por las circunstancias la experimentan de forma más intensa, con afectación de su día a día. ¿Qué podemos decirnos a nosotros mismos? ¿Cómo podemos afrontarla?

    También nos preocupa el incremento de la crispación, de la irritabilidad en nuestra sociedad, como respuesta a esta larga crisis, cuando más se ha alterado nuestra forma de vivir y nuestras costumbres. ¿Cómo ha afectado esta situación a las familias? ¿Qué efectos puede tener esa crispación? ¿Qué se puede hacer?

    Hemos visto que la ola de problemas de salud mental ya ha llegado a nuestros jóvenes, a los niños y adolescentes. Se trata de una situación realmente preocupante y peligrosa ¿Nos hacemos una idea de cuáles pueden ser las causas de esta realidad? ¿Cómo podemos afrontarla?

    Finalmente, también podemos reflexionar sobre la búsqueda de la evasión en esta época tan difícil. Hay formas de evasión que podemos considerar positivas, pero otras resultan insanas, como mayor consumo de alcohol y de otros tóxicos que se está produciendo, o el incremento del enganche a las redes sociales. ¿Qué repercusión tiene esta búsqueda de evasión en nuestra sociedad?

    Quiero terminar esta presentación con un mensaje positivo. Creo que el optimismo puede ser una herramienta fundamental para superar cualquier crisis.

    Redacciónhttps://postureocantabro.com
    Este es el perfil de la redacción de POSTUREO CÁNTABRO. Muchas gracias por leernos, comentar y compartir todas las publicaciones.

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